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Exposiciones Individuales, Instalación

Jesús Manuel Moreno

Cuadernos de Nueva York

del 24 de febrero al 11 de marzo de 2006

La Pintura como autobiografía.

Recuerdo perfectamente las visitas al estudio de Jesús Manuel Moreno (Socuéllamos, Ciudad Real, 1956), instalado en plena vega granadina, como si quisiera que la propia naturaleza colaborase directamente en la ambientación anímica y en su predisposición al trabajo creativo, entonces centrado muy específicamente en la investigación pictórica. De hecho, desde hace más de tres lustros Jesús Manuel reside y desarrolla su trabajo docente –que compagina con el quehacer artístico– en el medio geográfico y cultural de Granada.

Sus estudios de Magisterio y de Bellas Artes los había realizado en Valencia, en la década de los setenta. De ahí su fuerte vinculación al contexto valenciano, donde llevó a cabo su formación artística de base, en plena transición política. Luego seguirían otras sobrevenidas diásporas laborales: Madrid, Barcelona y Granada, hasta cerrar el presente itinerario, ahora en pleno auge y con sólida experimentación.

En realidad, la muestra de algunos de sus trabajos más recientes, que nos ofrece aquí en Valencia –en el marco de la siempre activa Sala Naranja– aún mantiene determinados ecos explícitos de algunos de sus viajes, llevados a cabo entre abril y mayo del 2002, por New York y Newark (New Jersey).

Como he tenido la oportunidad de hacer escalonados seguimientos de sus trabajos, quisiera confirmar cómo, paralelamente a su ya dilatada entrega a la pintura –quizás su base fundamental, desde un principio– siempre hubo también reiteradas preocupaciones e intentos, por parte de Jesús Manuel, de aproximarse al mundo tridimensional, así como tampoco faltaron igualmente, en él, fuertes intereses por el ámbito operativo de la fotografía.

Ahora bien, mientras ese cruce de preferencias e investigaciones mantuvieron sus propios límites y sus particulares momentos, como proyectos más bien autónomos, la hibridación no se produjo realmente entre ellos. Más bien es ahora, cuando los diálogos e integraciones entre pintura, escultura, dibujo y fotografía se potencian cada vez más, cruzándose crecientemente entre sí las diferentes metodologías y los procedimientos de tales vertientes en su plural quehacer artístico.

Sin duda, he de confesar sinceramente que ésta etapa ha sido –al menos para mí– un nuevo escalón y una distinta apuesta, bien marcada, como paso hacia adelante, en su personal recorrido investigador.

Cuaderno en Nueva York , como título de la muestra global que nos presenta, no deja de ser un oportuno juego metonímico, donde “la parte por el todo” sigue imponiendo sus derechos. Aunque realmente sí que existe tal “cuaderno” y una determinada sección del mismo se incluye estudiadamente en la exposición, como memoria y crónica particular de un intenso viaje, repleto de singulares vivencias. Incluso algunas de ellas han querido materializarse –nunca mejor dicho– en esos dibujos texturalizados directamente sobre las superficies de las calles, como huellas inmediatas y extensión de sus silenciosas existencias.

Curiosamente el “cuaderno” puede interpretarse como “Cuaderno de trabajo”, pero también simultáneamente como “Cuaderno de viaje”. Registro y memoria. Realización y proyecto.

Diríase que uno de los ejes estructuradores de la muestra quizás sea ese paralelo contrapunto entre las experiencias visuales ejercitadas a ras de suelo, como si se arrancara del contacto directo con la tierra, cotidianamente pisada y sentida como propia, y aquéllas otras experiencias desarrolladas perceptivamente sobre la cúpula del espacio envolvente, donde también habitan los sueños, las sorpresas y los dramas.

Es en ese eje, pues, ascendente/descendente donde se desarrolla el programa expositivo: desde las cicatrices dibujadas de la tierra, a las impactantes imágenes del vacío aéreo, que dibujan y conforman a su vez, como en negativo, las soberbias e interminables arquitecturas de los edificios neoyorquinos. De ahí la magnífica ocurrencia de contraponer, por inversión de una de ellas, el díptico de las dos emulsiones fotográficas, sobre papel, de aquel conjunto de rascacielos que hunden y circundan simultáneamente el decurso profundo de las calles.

Del dibujo, la fotografía y la pintura a las instalaciones escultóricas, cuyas piezas de hierro gris y esmalte sintético, colgadas y basculantes desde el techo o depositadas sucintamente en la pared, encarnan poderosas estructuras, que proyectan sombras en el suelo, o referencian disfuncionales puertas hacia lo desconocido o hacia la nada.

En cualquier caso, siempre Jesús Manuel pretendió poder compaginar la atención a los detalles con la consolidación estructural de sus composiciones, potenciar los matices, las gradaciones y las sugerencias cromáticas con los desarrollos determinantes del conjunto. Y, a mi modo de ver, una vez más, en sus trabajos actuales se sigue manteniendo en ese meditado encuentro de los diferentes registros plásticos concitados activamente en el sumatorio de la obra.

A partir de aquel Cuaderno de Nueva York , en el sentido ahora metafórico de la expresión, el viaje/muestra se distribuye en distintos apartados, en los que respectivamente, dibujo, fotografía, pintura o escultura predominan en subsiguientes turnos de intervención. Por su parte, las fotografías y las esculturas mantienen distintas miradas y referencias en simultaneidad de giros hermenéuticos, mientras que, por su lado, los dibujos y las imponentes pinturas (“Piel de Newark”, acrílico sobre tela) hacen lo propio entre sí, con un particular juego de transposiciones. Convertidos en mapas imposibles nos hablan, a su manera, de un determinado territorio de experiencias vividas.

Ese es, sin duda, el perfil cartográfico y el objetivo determinante de la presente exposición –instalada en “La Sala Naranja” de la ciudad de Valencia por Jesús Manuel Moreno– : el de trazar y ofrecernos visiones intensificadas de sus particulares “expériences vecues”. De hecho, cada vez más, las intervenciones artísticas tienden, muy a menudo, a acentuar sus propias raíces y a recuperar sus ecos marcadamente autobiográficos.

En esa línea de cuestiones ubicaría, por mi parte, esta nueva intervención de la trayectoria artística de Jesús Manuel, al subrayar tanto la interrelación híbrida de las distintas modalidades artísticas que concita, como los intercambios intensos entre el arte y la vida.

Txt Román de la Calle · Director del MuVIM

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